HENRY MILLER. Los Trópicos: de Cáncer y de Capricornio (Descarga gratis aquí)

TRÓPICO DE CÁNCER

Un hombre maduro con facciones orientales pedalea su bicicleta sobre el río Sena. Miles de luces de todos colores acompañan el barullo de una multitud de estudiantes que, vibrantes, salen a las calles de París. ¿Qué celebran? Seguramente la vida, el amor, la juventud.

El hombre maduro se para en medio de la multitud; no deja de llenarse los ojos de realidad. Máscaras, túnicas y pelucas son el vestuario de ese festejo que en algunos años desaparecerá en medio de las botas y suásticas. Es el París que mataría el fascismo; es la ciudad que se iría para no volver, pero que Henry Miller nos regala en Trópico de Cáncer.

Hace ochenta años, en 1934, Henry Miller —norteamericano de ascendencia germana— publicó por primera vez, en francés, Trópico de Cáncer. Una novela polémica, satírica y misógina que nos recibe de esta manera: “Vivo en la villa Borghese. No hay pizca de suciedad en ningún sitio, ni una silla fuera de su lugar.

Aquí estamos todos solos y estamos muertos”. Es, sin duda, un libro que enciende el fuego de la conciencia; que te abofetea, y te muestra una realidad más allá de las ideas establecidas. Inclusive para nuestro tiempo.

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Una vez publicado en París, Trópico de Cáncer se enfrentó en Estados Unidos a la mojigata ley de pornografía, y durante casi tres décadas no pudo salir al mercado. Fue hasta 1961 cuando vio la luz en inglés al igual que su secuela, Trópico de Capricornio.

En Trópico de Cáncer vemos a un Miller que sobrevive de las buenas personas. Inclusive se turna los días para sablear a distintas amistades, que con gusto le tienden la mano. Un día está viendo a las prostitutas en el café parisino; en otro momento el destino lo arroja a situaciones que le alimentan el alma. Caminos que se bifurcan y que lo llevan a otras profundidades. Lo persigue el Sueño Americano, pero el escritor no ve en éste más que un espejismo: lo compara con la promesa de un proxeneta a una muchacha inocente.

Miller es un ser totalmente sexual. Te lleva a contemplar a la dulce mujer de color de la vida galante. Te la muestra negra y sensual, como una pantera, lista para atacarte. Te lleva ahí para que la contemples. Te invita al festín del libertinaje.

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París durante los treinta

(Es Miller quien teclea con fuerza la máquina de escribir viéndose a un espejo; el que se asume como escritor; el que vive al día esperando que no le quiten el asiento para escribir; el que ve a las niñas ricas norteamericanas comer un pastelillo en los cafés más exclusivos “con la cartera llena pero nada de talento”, mientras él, con el estómago vació, vaga por Notre Dame; el que todo el día se la pasa sentado en el parque esperando a que cambie su suerte porque en ese París siempre hay esperanza para que alguien te tienda la mano.)

En Trópico de Cáncer, Miller se describe a sí mismo como “un hombre que lleva a la diosa botella, un criminal arrodillado delante de la inocencia, un monje que mea sobre el mundo, un fanático que saquea las bibliotecas en fin de encontrar el verbo”. El autor define esta etapa de su vida como la apertura de una vida más apacible. Su novela es el “balbuceo divino”.

(fuente: https://www.yaconic.com/henry-miller-2/)

TRÓPICO DE CAPRICORNIO

Trópico de Capricornio, que fue publicado cinco años después que su antecesor (1939), resulta más ordenado y cómodo. Miller se centra decirnos por qué abandonó Nueva York: esa ciudad tan fría por momentos, con sus rascacielos, sus barrios de podredumbre, su Metro vivo toda la noche, que al más rico lo hiciera sentir miserable. Para Henry Estados Unidos y la revolución industrial son un montón de letrinas esperando a que alguien jale la cadena. El amor es una mentira que jamás se toma en serio, ya que si lo hubiese hecho, se habría ahorcado o hecho matar.

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Foto: Larry Colwell/Anthony Barboza/Getty Images

Miller es un muerto en Nueva York. Todo es incierto. El empleo lo carcome. En algún momento contrata negros, lisiados y todo aquel que pueda repartir un telegrama; sin embargo, su naturaleza es siempre sacar provecho de la situación. Conoce perfectamente el ambiente y como un toro embiste con energía; se apodera de la situación y rápidamente pasan tres años de ver el mundo pasar por su escritorio.

En Trópico de Capricornio Henry nos cuenta también como se gesta la idea del escritor. Sus amigos y conocidos, y su mujer incluso, lo alientan a dejar este sueño estéril; pero él sabe que lleva dentro esa llama y nos dice:

“TENÍA QUE APRENDER, Y NO TARDÉ EN HACERLO, QUE HAS DE ABANDONAR TODO Y NO HACER OTRA COSA QUE ESCRIBIR, QUE HAS DE ESCRIBIR, ESCRIBIR Y ESCRIBIR, AUN CUANDO TODO EL MUNDO TE ACONSEJE LO CONTRARIO, AUN CUANDO NADIE CREA EN TI.”

henry miller tropico de cancer tropico de capricornio

Otro actor en esta etapa de su vida en la ciudad es la locura. Ésta envuelve, desde la mujer que se vuelve loca por la pérdida de su familia, hasta el ex convicto con índices de esquizofrenia. La humanidad va en picada y hace tiempo empezó la cuenta regresiva. Henry nos convoca, de alguna forma, a aceptar ese destino.

Para él Nueva York es un ente que asesina y corrompe; reza porque un terremoto acabe con los rascacielos; pero es entre estas moles de hierro y concreto en la calle 14 que se reúne con un viejo amigo, que le retrata la Europa mágica y le siembra la semilla de viajar.

Miller está atrapado en medio de la ciudad, entre una mujer que lo odia y lo ama; atrapado en la angustia de no poder escribir y en su naturaleza bovina: “un capricornio siempre llega al final con su carga”. Nos deja claro que piensa huir antes de que este monstruo de concreto lo asesine; tiene miedo de morirse en vida. Viajará entonces para siempre con ese estigma inscrito  en la frente de ser “Americano”, a pesar de se considere en parte chino. Pero sobre todo ciudadano del mundo.

(fuente: https://www.yaconic.com/henry-miller-2/)

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Postales Literarias 1

GUY DE MAUPASSANT El bicho de Belhome y otros relatos de dolor y demencia (descarga gratis)

EL BICHO DE BELHOMME

LA DILIGENCIA DE El Havre se disponía a salir de Criquetot, y en el patio del hotel del Comercio, cuyo propietario era Malandain hijo, todos los viajeros esperaban a que los llamasen por su nombre.

Era un carruaje amarillo, montado sobre ruedas amarillas también en otros tiempos, pero que el barro acumulado había teñido de gris; y si las de delante eran pequeñas, las de detrás eran altas y frágiles y sostenían, grotesco y abultado, algo que parecía el vientre de una bestia deforme. Tres pencos blancos, que a primera vista llamaban la atención por sus enormes cabezas y sus redondas rodillas, arrastraban la diligencia que, por su estructura, semejaba un monstruo. Y los caballos, enganchados al extraño vehículo, parecía que dormían.

Cesáreo Horlaville, el cochero, era un hombrecillo ventrudo y sin embargo flexible y ágil, a causa de la constante obligación de encaramarse al pescante y escalar el imperial; tenía la piel curtida por el aire de los campos, las lluvias y las borrascas; rojizo el rostro por el uso y tal vez el abuso del alcohol, brillantes los ojos que parpadeaban al viento y al granizo. Cuando apareció en el patio de la posada se secaba los labios con el reverso de la mano.

Grandes cestos redondos llenos de aves asustadas esperaban ante las inmóviles campesinas, y Cesáreo Horlaville, cogiéndolos uno a uno, los colocó en la parte alta de su carruaje; en seguida, y con más cuidado, colocó los que contenían huevos, lanzando después, desde abajo, algunos saquitos de grano y una serie de paquetes envueltos con pañuelos, trapos y periódicos. Luego, abriendo la portezuela, sacó del bolsillo una lista que leyó en voz alta:

—¡Señor cura de Georgeville!

El sacerdote, hombre robusto, fuerte y de amable aspecto, avanzó; y recogiéndose la sotana como las mujeres se recogen la falda, montó en la diligencia.

—¿El maestro de Rollebose-les-Grinets?

Un hombre alto y delgado, vestido con una negra levita que le llegaba hasta las rodillas, avanzó tímidamente y a su vez desapareció por la portezuela abierta.

—¡Poiret: dos asientos!

Vino Poiret, alto y delgado, encorvado por el arado, enjuto por la abstinencia y con la piel seca por falta de lavarla. Su mujer le seguía, una mujer pequeñita y flaca que parecía una ternera cansada, y que, con las dos manos, sostenía un inmenso paraguas verde.

—¡Rabot, dos asientos!

Rabot, que era perplejo por temperamento, preguntó, «¿Es a mí a quién se llama?».

El cochero, al que de apodo llamaban «el Descarado», iba a contestar una atrocidad, cuando Rabot se lanzó hacia la portezuela empujando por delante a su mujer, una mocetona cuadrada cuyo redondo vientre parecía un barril y cuyas manazas recordaban las palas de las lavanderas.

Y Rabot se metió en la diligencia como las ratas entran en sus agujeros.

—¡Caniveau!

Un labrador gordo y pesado como un buey, hizo crujir los resortes y se metió en el amarillento carruaje.

—¡Belhomme!

Y éste, alto y delgado, se acercó con el cuello torcido, doliente el rostro, y con un pañuelo aplicado al oído como si un violento dolor de muelas le atormentase.

Todos, por encima de las antiguas y singulares vestiduras de paño negro o verdoso, vestiduras de etiqueta que lucían por las calles de El Havre, llevaban largas blusas azules; y en la cabeza ostentaban gorras de seda, altas como torres, que en el campo normando suponen elegancia suprema.

Cesáreo Horlaville cerró la portezuela y, encaramándose luego en el pescante, hizo chasquear el látigo.

Los tres caballos parecieron despertar. Agitando el cuello hicieron oír el vago murmullo de los cascabeles. Con toda la fuerza de sus pulmones, el cochero empezó a gritar al tiempo que azotaba fuertemente a las bestias, que se agitaron, hicieron un esfuerzo, y arrancaron al trote corto, arrastrando a la diligencia que los baches sacudían, armando un sorprendente ruido de hierro viejo y cristales mientras, en el interior, los viajeros alineados en las dos filas de asientos se veían zarandeados de lo lindo.

En un principio, y por respeto al cura, todos callaban, pero como él era de temperamento expansivo y familiar, fue el primero en romper el silencio.

—Y bien, amigo Caniveau —dijo—. ¿Las cosas marchan bien?

El enorme campesino, que se sentía unido al eclesiástico por cierta simpatía de porte, barriga y gordura, contestó sonriendo:

—Así así, señor cura; ¿y usted?

—¡Oh! Yo, siempre igual.

—¿Y usted, Poiret?

—Todo iría a pedir de boca si no fuesen las colzas que este año no producirán casi nada; y como únicamente se encuentra beneficio en eso…

—Qué quiere usted, los tiempos son duros.

—Vaya si lo son —afirmó con voz de gendarme la mujer de Rabot.

Como vivía en una aldea vecina, el cura no la conocía más que de nombre.

—¿Es usted la Blondel? —preguntó el sacerdote.

—Yo soy, para servir a usted.

Rabot, tímido y satisfecho, saludó sonriendo, inclinando exageradamente la cabeza hacia delante como si quisiese decir: «y yo soy Rabot, el que se casó con la Blondel».

De pronto, Belhomme, que seguía con el pañuelo aplicado a la oreja, empezó a gemir de modo lamentable. Y golpeando el suelo de la diligencia con el pie, decía ñau, ñau, expresando así su espantoso sufrimiento.

—¿Le duelen a usted las muelas? —preguntó el cura.

El labrador, dejando de quejarse un instante, respondió:

—No, señor cura; no son las muelas, es el oído, en el fondo del oído…

—¿Y qué es lo que tiene en el oído? ¿Un tumor?

—No sé si es un tumor, pero sé que es un bicho, un bicho muy grande que se me metió dentro cuando dormía en el granero…

—¡Un bicho! ¿Está usted seguro?

—¿Si estoy seguro? Como del Paraíso, señor cura, pues me roe el fondo del oído. Y se me comerá la cabeza, se me comerá la cabeza… ¡Ah!… ñau, ñau —y empezó de nuevo a patear. Todos escuchaban profundamente interesados.

Y cada uno daba su opinión. Poiret pretendía que debía de ser una araña, el maestro una oruga, pues en el Orne, en Champemuret, donde había estado seis años, ocurrió un caso parecido, y la oruga, que había entrado por el oído, salió por la nariz, pero el hombre se quedó sordo porque el bicho le taladró el tímpano.

—Eso debe de ser un gusano —afirmó el cura.

Belhomme, con la cabeza inclinada y apoyado el codo en la portezuela, pues era el último que había subido, seguía gimiendo:

—¡Oh! ñau, ñau, ñau… yo juraría que es una hormiga, una hormiga muy grande… me muerde horriblemente. Mire usted, señor cura… ¡Oh! ñau, ñau, ñau… es tremendo…

—¿Ha visto al médico? —preguntó Caniveau.

—No.

—¿Y por qué?

El temor al médico pareció curar a Belhomme quien, sin quitarse el pañuelo de la oreja, se irguió.

—¡Por qué, por qué! ¿Crees que tengo el dinero para dárselo a ese gandul? Hubiera venido una vez, dos, tres, cuatro, cinco… y hubiera tenido que darle dos escudos de a veinte, lo menos dos escudos de a veinte; y dime, ¿qué me hubiera hecho ese gandul, qué me hubiera hecho? ¿Lo sabes?

Caniveau se reía.

—No, no lo sé, pero ¿adónde vas así?

—A El Havre, a ver a Chambrelán.

—¿Qué Chambrelán?

—El curandero.

—¿El curandero?

—Sí, el curandero que sanó a mi padre.

—¿A tu padre?

—Sí, hace mucho tiempo.

—¿Y qué tenía tu padre?

—Pues un aire en la espalda que no le dejaba moverse.

—Y ¿qué le hizo Chambrelán?

—Pues le amasó la espalda con las dos manos como quien amasa pan, y todo pasó en dos horas.

Belhomme creía que Chambrelán había pronunciado algunas palabras extrañas, pero delante del cura no se atrevió a decirlo.

Riendo, Caniveau repuso:

—Lo que tienes en el oído debe de ser un conejo que ha tomado ese agujero por su madriguera. Espera, voy a hacerle salir.

Y Caniveau, colocándose las manos junto a la boca a manera de bocina, empezó a imitar los ladridos de los perros de caza. Y al oírle, todos se echaron a reír, incluso el maestro que nunca se reía.

Pero como Belhomme parecía enfadarse y tomar a mal la broma, el cura, dirigiéndose a la mujer de Rabot, cambió la conversación.

—¿Tienen ustedes mucha familia? —preguntó.

—¡Oh! Sí, señor cura, y se sufre mucho para criarla.

Rabot inclinó la cabeza como queriendo decir: «¡Oh! sí, y se sufre mucho para criarla».

—¿Cuántos hijos?

—Dieciséis, señor cura, dieciséis…

Rabot se puso a reír y saludó. Tenía dieciséis hijos, y ¡qué diablo! estaba orgulloso.

Pero Belhomme renovó sus gemidos.

—¡Oh! ¡ñau ñau…! ¡cómo muerde, cómo muerde!…

La diligencia se detuvo ante el café de Polito y el cura dijo:

—Si se echase un poco de agua en la oreja, tal vez se le haría salir. ¿Quiere que probemos?

—¡Ya lo creo que quiero!

Y todos bajaron para asistir a la operación.

El sacerdote pidió una jofaina, una toalla y un vaso de agua, y recomendó al maestro que mantuviese inclinada la cabeza del paciente, y que cuando el líquido hubiese penetrado en el orificio, la volviese bruscamente.

Pero Caniveau, que miraba la oreja de Belhomme para ver a simple vista si distinguía el bicho, exclamó:

—¡Demonio, vaya una pasta! Hay que destapar esto pues con tanta confitura el conejo no puede salir, Se le pegarían las patas.

El cura examinó a su vez el conducto y lo encontró demasiado estrecho y demasiado obstruido para que el bicho saliese. Entonces el maestro, con una cañita y un poco de algodón en rama despejó el camino, y, en medio de la ansiedad general, el sacerdote vertió medio vaso de agua que corrió por la cara, el pelo y el cuello de Belhomme. El maestro hizo girar rápidamente la cabeza, como si hubiese querido destornillarla, y en la blanca vasija cayeron algunas gotas. Todos los viajeros se precipitaron, mas no había salido ningún bicho.

Con todo Belhomme declaró: «Ya no siento nada», y el cura dijo solemnemente: «¡Claro está! ¡Como que se habrá ahogado!». Y con general contento volvieron a meterse en la diligencia.

Mas apenas se habían vuelto a poner en marcha cuando Belhomme dio un grito terrible. El bicho había despertado y le mordía furiosamente, afirmando que se le había metido en la cabeza y le estaba devorando los sesos. Chillaba tanto y hacía contorsiones tan raras, que la mujer de Poiret, creyéndole poseído por el diablo, empezó a llorar y a hacer la señal de la cruz. El dolor del enfermo se calmó un poco y contó que el bicho se paseaba por el interior del oído. Con el dedo imitaba sus movimientos y parecía que le veía y le seguía con la mirada.

«Ahora sube, ahora sube… ñau, ñau… ¡qué horror!».

Caniveau se impacientaba: «El agua enfurece al bicho ese, prueba de que está acostumbrado al vino».

Y como todos rieron, repuso: «Cuando lleguemos al café de Bourbeaux, dale un poco de aguardiente triple y te juro que no se moverá más».

Pero el dolor era tan fuerte que Belhomme no podía soportarlo y empezó a chillar como si le arrancasen el alma. El cura se vio obligado a sostenerle la cabeza, y rogaron a Cesáreo Horlaville que se detuviese en cuanto encontrase una casa.

Así lo hizo frente a una alquería que se alzaba junto al camino, y allí transportaron a Belhomme al que extendieron sobre la mesa de la cocina para reanudar la operación. Caniveau insistía en que se mezclase aguardiente al agua a fin de dormir al bicho matándolo tal vez, pero el cura prefirió el vinagre.

Esta vez vertieron el líquido gota a gota, con objeto de que penetrase hasta el fondo, y luego lo dejaron algunos minutos en el órgano habitado.

Una jofaina estaba preparada también, y el cura y Caniveau, esos dos colosos, volvieron a Belhomme, mientras el maestro daba golpecitos en el lado sano a fin de que el otro se vaciase completamente.

El mismo Cesáreo Horlaville, con el látigo en la mano, había entrado para presenciar la operación.

Y de pronto advirtieron un puntito negro, no más grande que una semilla de cebolla, en el fondo de la jofaina. Y sin embargo se movía. ¡Era una pulga! Primero se oyeron gritos de asombro y luego sonoras carcajadas… ¡Una pulga! Valiente cosa… Caniveau se daba tremendas manotadas en los muslos, el cochero hacía chasquear el látigo, el cura reventaba, abriendo las quijadas como cuando los asnos rebuznan, el maestro como cuando se estornuda, y las mujeres daban gritos de alegría muy parecidos al cacareo de las gallinas.

Belhomme, sentado en la mesa y con la jofaina en las rodillas, contemplaba atentamente, y con justa cólera, al menudo bicho que se agitaba en la gota de agua.

Y diciendo: «Maldito seas», lo escupió.

El cochero, loco de alegría, no hacía más que repetir:

«Era una pulga, una pulga… maldita pulga».

Y luego, cuando se hubo calmado un poco, exclamó:

«Vamos, en marcha, que ya hemos perdido bastante tiempo».

Y los viajeros, sin dejar de reír, se dirigieron hacia la diligencia.

Belhomme, que había llegado el último, dijo que no continuaba el viaje y que se volvía a Criquetot porque ya no tenía nada que hacer en El Havre.

El cochero repuso:

—Haz lo que quieras pero paga tu asiento.

—Como no he pasado de la mitad del camino, no debo más que la mitad.

—Lo debes todo porque lo tomaste hasta El Havre.

Y empezó una discusión que no tardó en convertirse en furiosa querella. Belhomme juraba que no daría más que un franco, y Cesáreo Horlaville afirmaba que cobraría dos.

Caniveau se apeó.

—Ante todo, debes dos francos al cura, ¿oyes? y luego una ronda para todos, lo que asciende a dos francos setenta y cinco, y además darás un franco a Cesáreo. ¿Hace, descarado?

El cochero, encantado de que Belhonme se viese obligado a desembolsar tres francos setenta y cinco, contestó: «Aceptado».

—Entonces paga.

—No pagaré: el cura no es médico…

—Si no pagas, te meto en el coche de Cesáreo y con nosotros vienes hasta El Havre.

Y el coloso, cogiendo a Belhomme por la cintura, lo levantó como hubiera podido levantar a un niño.

El otro se convenció de que era preciso ceder, y, sacando la bolsa, pagó.

La diligencia se puso de nuevo en marcha dirigiéndose a El Havre mientras Belhomme volvía a Criquetot; y los viajeros, que parecían haber enmudecido, contemplaron en la blanca carretera la blusa azul del labrador que sobre sus largas piernas se balanceaba.

Estilo literario

Maupassant está considerado uno de los más importantes escritores de la escuela naturalista, cuyo máximo pontífice fue Émile Zola, aunque a él nunca le gustó que se le atribuyese tal militancia. Es cierto que fue un fotógrafo de su tiempo y su doctrina literaria está recogida en el prólogo que escribió para su novela Pierre et Jean, donde escribió: «La menor cosa tiene algo de desconocido. Encontrémoslo. Para descubrir un fuego que arde y un árbol en una llanura, permanezcamos frente a ese fuego y a ese árbol hasta que no se parezcan, para nosotros, a ningún otro árbol ni a ningún otro fuego». Para el historiador Rafael Llopis, Maupassant, perdido en la segunda mitad del siglo XIX, se encontraba muy lejano ya del furor del Romanticismo, fue «una figura singular, casual y solitaria».

Su prosa tiene la virtud de ser sencilla pero directa, sin artificios. Sus historias, variopintas, transmiten con una fidelidad absoluta la sociedad de su época. Pero lo que más lo caracteriza es lo impersonal de su narración; jamás se involucra en la historia y se manifiesta como un ser omnisciente que se limita a describir detalladamente sus observaciones. No en vano, está considerado como uno de los mayores cuentistas de la historia de la literatura. En los últimos años de su vida, e influenciado por el éxito de Paul Bourget, abandonó el relato de costumbres o realista, para experimentar con la novela psicológica, con la que tuvo bastante éxito. Es en esta etapa donde abandona su visión impersonal para profundizar más en el alma atormentada de sus personajes, probablemente un reflejo del tormento que sufría la suya. Siempre padeciendo grandes migrañas, abusó del consumo de drogas, como la cocaína y el éter, que potenciaban más su talento natural y le proporcionaban estados alterados de conciencia que lo hacían sufrir alucinaciones y otras visiones que a la postre condicionarían su narrativa fantástica o de terror.

Fue tanta la influencia que ejerció sobre otros autores que llegó a ser uno de los más plagiados. Era admirado por Chéjov, León Tolstói, Horacio Quiroga y un largo etcétera. Pero sin duda, el autor que más lo plagió fue el italiano Gabriele D’Annunzio. En su antología de narraciones Cuentos del río Pescara podemos encontrar historias y pasajes copiados literalmente de algunos cuentos de Maupassant. Otro de los que plagió al autor francés fue Valle Inclán, en su primer libro Femeninas,​ donde en el relato Octavia Santino reproduce fielmente la escena final de la novela Fort comme la mort. Wikipedia

CUENTOS COMPLETOS DE TERROR, LOCURA Y MUERTE por Guy de Maupassant (descarga gratis)

A lo largo de los 303 relatos y novelas cortas de Maupassant, los temas relacionados con el terror, el misterio y el crimen aparecen de forma insistente en mayor o menor grado: en algunos casos, un cuento puede participar de más de una de esas características. La siguiente clasificación temática de los relatos puede ser indicativa del eje sobre el que se articula cada una de las tramas.

Ahogamiento
El ahogado – Carta encontrada en un ahogado – Châli La
dormilona — Historia de un perro — Madame Baptiste –
Mademoiselle Cocotte – El ordenanza – La poza – La sillera –
Sobre el agua


Asesinato / Crimen
Amor – El asesino – El barrilito – El bautismo – El borracho – El
burro – El campo de olivos – El ciego – Confesión – Confesiones
de una mujer – El crimen del tío Boniface – Châli – El diablo –
El niño – El guarda – El huérfano – ¿Loco? — Lo horrible –
Mademoiselle Fifí – La mano – La mano disecada – Mohammed
el Golfo – Morion – El ordenanza – La poza – Los Reyes – San
Antonio – La tía Sauvage – El tío Milon – Tombuctú – Un
bandido corso – Un drama verdadero – Un loco – Un parricida –
Una vendetta


Bastardía
El asesino – El campo de olivos – El niño – El ermitaño – La
espera – Hautot padre e hijo – Mademoiselle Perla – El huérfano – La confesión – La madre de los monstruos – Noche de
Navidad – El pequeño – Rosalie Prudent – Se acabó – El señor
Parent – Un hijo – Un parricida


Cadáver
El cuarto 11 – Junto a un muerto – La roca de los araos – San
Antonio – Sobre el agua – El tic – La tumba – Un ardid – Una
Nochebuena


Cementerio
La muerta – El ordenanza – El tic – La tumba – Las tumbales


Diablo
El diablo – La leyenda del Monte Saint-Michel
Doble – ¿Él? — Hautot padre e hijo – El Horla – Imprudencia – Se acabó – El señor Parent – Sobre el agua


Estrangulamiento / Degollación
El campo de olivos – El huérfano – La mano – La mano
disecada – Una vendetta


Fantástico
El ahogado – El albergue – Aparición – El borracho – Cabellera –
Carta de un loco – Cuento de Navidad – La desconocida – La
dormilona – ¿Él? — En venta – El hombre de Marte – Junto a un
muerto — La leyenda del Monte Saint-Michel – El lobo –
Madame Hermet – La madre de los monstruos – Magnetismo –
La mano disecada – La máscara – El miedo – Minué – Misti – La
muerta – La noche – ¿Quién sabe? — Sobre el agua – Sobre los
gatos – Sueños – El tic – El tío Judas – Un caso de divorcio –
¿Un loco?


Fuego
El guarda – Horla – La tía Sauvage


Infanticidio
El bautismo – Confesión – El niño – Rosalie Prudent


Locura
El albergue – Berthe – La cabellera – Carta de un loco – Cuento
de Navidad – La dormilona – ¿Él? — Horla — La loca – ¿Loco?
— Madame Hermet – Mademoiselle Cocotte – Magnetismo – La
mano disecada – La máscara – Misti – Morion – La noche – La
pequeña Roque — ¿Quién sabe? — El señor Parent – Sobre el
agua – Sobre los gatos – Suicidios – Un caso de divorcio


Muerte
El ahogado – El albergue – Aparición – El barrilito – El burro –
El ciego – «¡Coco, coco, coco fresco!» — Hautot padre e hijo –
Junto a un muerto – El lobo – La loca – Madame Baptiste –
Mademoiselle Cocotte – Morion – La muerta – Paseo – La poza –
El regreso – La reina Hortensia – Los Reyes – La roca de los
araos – La sillera – Sobre el agua – Suicidas – La tía Sauvage –
El tic – El tío Judas – La tumba – Las tumbales – Un ardid


Sadismo / Violencia
El ahogado – Amor – El barrilito – El bautismo – El borracho –
El burro – El campo de olivos – El ciego – Coco – Denis – El
guarda – La loca – La madre de los monstruos – Mohammed el
Golfo – Morion – El niño – La poza – San Antonio – Sobre los
gatos – La tía Sauvage – El tío Judas – El tío Milon – Un
bandido corso – Un loco – Una vendetta


Suicidio
La dormilona – Horla – Madame Baptiste – La noche – El
ordenanza – La pequeña Roque – El pequeño – Sobre el agua –
Suicidios


Violación
Madame Baptiste – El ordenanza – La pequeña Roque

Mary Shelley: Frankenstein o el moderno Prometeo (Descárgalo gratis)

En el verano de 1816, el poeta Percy B. Shelley y su esposa Mary se reunieron con Lord Byron y su médico en una villa a orillas del lago Leman. A instancias de Lord Byron y para animar una velada tormentosa, decidieron que cada uno inventaría una historia de fantasmas. La más callada y reservada, Mary Shelley, dio vida así a quien sería su personaje más famoso: el doctor Frankenstein. Al cabo de un año completaría la novela. La historia es de todos conocida: un científico decide crear una criatura con vida propia a la que luego rechaza. Metáfora sobre la vida, la libertad y el amor, Frankenstein o el moderno Prometeo es una maravillosa fábula con todos los ingredientes de los grandes mitos

La Perla, colección de lecturas sicalípticas, sarcásticas y voluptuosas números 1, 2, 3, 5 y 6

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LA PERLA apareció sorprendentemente, causando un gran escándalo, en julio de 1879 en Londres, proclamándose a sí misma como la única revista erótica para todos los gustos.

Floreció en el mercado Underground hasta diciembre de 1880.

Los dieciocho números incluyeron, además de muchas anécdotas, cuentos, chistes y chascarrillos, seis novelas completas, en forma serializada, que pronto pasaron a formar parte de las obras maestras de la literatura erótica.

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9° Testadura Erótica de paso, convocatoria

Envíanos cuentos, anécdotas, poemas, ensayos, estudio fotográficos, propios o ajenos, o cualquier viaje cachondo a nuestro correo:

latestaduraliteraria@gmail.com

Fecha límite el 30 de noviembre/2021

CERO restricciones de espacio, CERO restricciones de tono. Queremos que saques lo más perverso de ti.

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